“Bienvenidos
a Medianoche. […]
Algunos
de ustedes ya han estado aquí antes.
Otros
habrán oído hablar de la Academia Medianoche durante años, tal vez a sus
familias,
y se
han preguntado si alguna vez entrarían en nuestra escuela […]
En
Medianoche no tratamos a nuestros alumnos como si fueran niños […]
Han
venido aquí a aprender a manejarse como adultos del Siglo XXI, y así
es como se espera que se comporten.
Sin embargo eso no significa que Medianoche carezca de normas.
La posición que ocupamos nos exige mantener la más estricta de las disciplinas.
Sin embargo eso no significa que Medianoche carezca de normas.
La posición que ocupamos nos exige mantener la más estricta de las disciplinas.
Esperamos
mucho de ustedes”
Hace poco menos de un año
decidí sucumbir a la Saga Crepúsculo. Hasta ese momento mi única experiencia
vampírica se reducía a la serie de televisión Buffy Cazavampiros,
que me tuvo completamente enganchada varios veranos y cuyo protagonista: un vampiro atormentado (¿os suena? ;-D) ¡me tenía obnubilada! (aún me sigue costando
verle en Bones con más color y menos dentadura =D). Pero ahí comenzó y terminó todo mi contacto con esa temática. Así que cuando el éxito cosechado por Stephenie Meyer era ya
indiscutible, a pesar de mis reticencias fundadas en que todo lo que mueve masas
enloquecidas me da cierto reparo, sentí curiosidad y me animé a acurrucarme bajo esa manta que a
tantos arropaba. ¿El resultado? Noches cortas, ojos vidriosos, y un mes de
sedentarismo. ¡¡Tarde meses en sacarme a Edward, Bella y demás familia de la
cabeza!! y me dejó con ganas de más del mismo estilo.
Ahora os preguntaréis: ¿está
reseñando Crepúsculo o Medianoche? La razón por la que os cuento todo esto es porque fueron esas ganas de más las que me empujaron a enredarme en los hilos de
Claudia Grey.





